Últimamente veo el mundo con otros ojos. Las calles tienen un color más fuerte y brillante. Algunas veces, incluso escucho el mundo. Siento la necesidad de descubrir que es lo que hay detrás de las formas, los sonidos, la luz. Miro, observo todo con detenimiento, como si acabara de nacer. Todo parece una ilusión. Y me siento afortunada de vivir en ella.
Siempre me ha gustado aislarme del mundo, desaparecer. Tener mi oídos tapados a la realidad, no me gusta escuchar ruido constante. Al hacerlo, sólo mantengo los sonidos en “modo on”, lo demás, desaparece. Tanto, que me es inevitable captar el ritmo en mi cuerpo, bailar dubitativa entre la gente. A la vez, puedo cantar en silencio, balbucear. Pero, de vez en cuando, puedo alzar un poco la voz, cantar en susurros. De esta forma, descargar mi desgracia o mis ganas de triunfar en la vida.
Amo la soledad. Desde hace un tiempo, me siento más libre que nunca. Ya no necesito esa mano que me sostenía para cruzar la calle, ni me asusta la noche. Al contrario. Me gusta caminar de noche. Disfrutando de la luz que cada día me despierta. Adoro sentir el frio en mi rostro mientras que pedaleo en la bicicleta. Ir rápido, y frenar. Ver cómo voy más rápida que las demás personas.
Nuestro mundo está acostumbrado a las malas noticias. Yo, prefiero ahuyentarlas. Me gusta sonreír cuando me saludan, me gusta parecer alegre aunque no siempre lo sea. Y nada me sienta mejor que unas palabras amables y sinceras…




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